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Aunque el tejido empresarial español ha mejorado en eficiencia y solvencia desde la gran crisis financiera, la productividad sigue siendo el gran desafío estructural: aumentar tamaño ayuda, pero no basta.
Durante la última década y media, la pyme española ha protagonizado una transformación profunda dirigida a reforzar su competitividad. Lejos de los tópicos que la sitúan como estructuralmente débil, los datos muestran una mejora sostenida en rentabilidad y solvencia hasta converger con la gran empresa y con sus homólogas europeas.
El tejido empresarial español ha experimentado una recomposición de su censo tras la gran crisis financiera y presenta una estructura muy similar a la de los principales países europeos. No obstante, convive con rasgos estructurales persistentes -como la atomización, la elevada rotación y la desigual distribución del empleo y del valor añadido- que configuran el entorno en el que se desarrollan las trayectorias empresariales.
Las empresas medianas han sido uno de los pilares menos visibles, pero más determinantes del crecimiento económico reciente en España. Su capacidad para crear empleo, mantener la rentabilidad y adaptarse a entornos complejos las convierte en un actor clave para entender la evolución del tejido productivo y sus retos futuros.