Estrategia global

Conducta individual y emisiones de carbono

Si pudiéramos cambiar nuestra conducta como consumidores en lo relativo a la alimentación, la bebida, el transporte de mercancías y la confección estaríamos mucho más cerca de lograr el objetivo de reducción de las emisiones

Mauro F. Guillén
Noviembre de 2019

¿Para qué necesitamos el Acuerdo de París si podemos cambiar nuestra conducta individual y eliminar la mitad de las emisiones de carbono en el mundo? No se trata de una pregunta capciosa ni de una quimera. De hecho, el Panel Inter-Gubernamental para el Cambio Climático precisó en 2018 que necesitamos reducir las emisiones en un 45 % antes del año 2030. Para comprender la magnitud de lo contaminante que es nuestra conducta como consumidores, veamos cuál es la huella de carbono de distintas actividades y consumos cotidianos.

Empecemos por la alimentación. Si reinventamos la agricultura y la distribución de alimentos podemos reducir las emisiones totales de carbono de todas las fuentes en un 10 %. Para empezar, desperdiciamos una tercera parte de los alimentos que llegan al punto de consumo. Tendríamos que desperdiciar menos para poder producir y transportar menos alimentos también. Además, si consumimos alimentos producidos más cerca de donde se consumen también podríamos contribuir a una reducción de la huella de carbono. El mismo principio resulta de aplicación en el caso de las bebidas.

El transporte de mercancías supone un 25 % del total de emisiones de carbono. Si consumiéramos productos que no son tan intensivos en transporte, podríamos también eliminar hasta un 10%del total de emisiones. La tecnología de impresión en tres dimensiones quizás nos permita en el futuro reducir las necesidades de transporte. En lugar de promocionar el coche eléctrico deberíamos subsidiar los camiones y las furgonetas eléctricos, que suponen unas mayores emisiones, sobre todo en los núcleos densos de población.

Consideremos ahora la confección, que supone el 8 % del total de emisiones de carbono -algo más que los vuelos internacionales y el transporte marítimo en su conjunto. Una camiseta de algodón contribuye con la mitad de las emisiones que una hecha con poliéster. La tendencia de moda rápida también agrava la situación puesto que, por término medio, compramos una veintena de prendas por persona y año. Además, no existe un mercado de ropa de segunda mano como el del automóvil. Quizás tenemos que cambiar nuestros hábitos culturales. Otra posibilidad es la invención de nuevos materiales gracias a las nanotecnologías, que pueden reducir aún más las emisiones.

Si pudiéramos cambiar nuestra conducta como consumidores en lo relativo a la alimentación, la bebida, el transporte de mercancías y la confección estaríamos mucho más cerca de lograr el objetivo de reducción de las emisiones. Un sencillo cálculo permite llegar a un 30 % de reducción de emisiones. Si además hacemos nuestras viviendas más eficientes en el uso de energía y empleamos el transporte público con mayor asiduidad, habremos llegado al 45 %. En definitiva, los acuerdos internacionales son muy importantes. Pero cada uno de nosotros como consumidores tenemos la capacidad de contribuir a una reducción notable de las emisiones.

Mauro F. Guillén es catedrático de Dirección Internacional de la Empresa en la Wharton School, así como miembro del Consejo Académico de Afi Escuela de Finanzas