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Números

Abril de 2026

¡Pitágoras... tenemos un problema!

El cerebro humano no está construido para comprender los números en toda su profundidad. A pesar de que los números son una invención humana y de que los sujetos más inteligentes de cada generación, a lo largo de la historia de la especie, se han esforzado por diseñar reglas y fórmulas para entender su potencia, aplicarla a las actividades humanas, y pasarlas, seleccionadas y simplificadas, en forma de educación básica, en las escuelas de educación primaria y secundaria, la inmensa mayoría de las personas sigue sufriendo determinados sesgos y limitaciones evolutivas muy difíciles de vencer.

Los principales sesgos del cerebro humano (no especialmente entrenado) frente a los números (genérico para las matemáticas y la estadística) son (i) la dificultad para entender números grandes o muy grandes, especialmente el infinito, (ii) la mala percepción del crecimiento exponencial, (iii) la incapacidad de reconocer qué número de objetos hay en un grupo de ellos cuando hay más de 4, (iv) la incapacidad de pensar en secuencias de números verdaderamente aleatorios y (v) la dificultad para entender la probabilidad.

No me voy a extender sobre las intricacies de cada uno de estos sesgos, ni siquiera sobre una definición algo más profunda de estas limitaciones cognitivas del "Homo sapiens", cuyas definiciones básicas creo bastante autoexplicativas ya, pero baste decir aquí que la única manera conocida para superarlas en alguna medida es lo que toda la vida se ha llamado "la numeralidad" y que ahora, para maldición de todos nosotros, se denomina la "alfabetización numérica".

La educación numérica es fundamental, así como su aplicación y práctica habituales, y si estas se relajan el retroceso económico de la sociedad podría ser enorme.

¡Pitágoras... que nos perdemos!

Permítanme ahora un excurso. Yo suelo decir, medio en serio, medio en broma, que dejé de dar clases en la universidad cuando comprobé, mediante observación sistemática, no anecdótica, que los alumnos (y alumnas) de segundo de grado de economía eran incapaces de sacar un porcentaje preguntados a bocajarro. Les decía: a ver, fulanito de copas, extráigame el 7 por ciento de 3.000". Por supuesto que les dejaba usar la calculadora si dudaban. El caso es que uno me preguntó, a su vez: ¿qué significa "extraer"? Ahí lo dejé.

Decía que si retrocediese la numeralidad de la población general podríamos desandar buena parte del camino en muchos avances personales y sociales que hemos recorrido en las últimas décadas, ver cómo las limitaciones innatas para los números de nuestro cerebro nos dan su peor cara y acabar sufriendo retrocesos nada menos que en nuestra libertad y en nuestro bienestar.

Por ejemplo, podríamos ser menos sensibles o discernientes frente a una manipulación interesada de los datos que se nos presentan regularmente sobre multitud de asuntos, problemáticos o no, de nuestra incumbencia. Las manipulaciones más frecuentes, y las vemos casi a diario en las redes sociales, son las escalas distorsionadas en los gráficos y la confusión, a veces deliberada, de muchos, digamos, expertos, entre causalidad y correlación en la asociación de dos fenómenos cualesquiera aparentemente vinculados.

O podríamos ver nuestras finanzas personales presentes y futuras severamente perjudicadas por una deficiente comprensión de las reglas del interés compuesto o la inflación de precios, ya que desaprovecharíamos oportunidades o incurriríamos en pérdidas de las que, incluso, aunque esto dolería menos, nunca seríamos conscientes.

Puede, también, que nuestra capacidad para la lógica y el pensamiento crítico se viese afectada, tanto para nuestros propios asuntos personales como para entender los debates y dinámicas sociales o políticas, o para el tratamiento de problemas complejos que requieren de un parcelamiento lógico y coherente para hacerlos más tratables, por ejemplo, dando paso a razonamientos improvisados y/o emocionales, por no decir apasionados.

Por otra parte, ¿qué pasaría si, como se aprecia ya en algunos cuarteles en los que la IA está irrumpiendo como elefante en cacharrería, la población se divide entre creadores de complejidad formal y usuarios ignorantes de estas creaciones y sus procesos? Es decir, entre grupos sociales con amplio conocimiento de los números y grupos sociales desprovistos de un conocimiento suficiente. Me perdonarán si les digo, que en la materia de la que algo sé, las pensiones, observo cómo desde hace años se van añadiendo capas, solo aparentemente basadas en reglas actuariales que más tienen que ver con la numerología que con la ciencia de los números, tan alejadas la primera de la segunda como la astrología de la ciencia de los astros. Es decir, que cada vez hay más numerólogos. Y así seguimos.

Por fin, la incapacidad para discernir, siquiera "a nivel de usuario", las reglas básicas de la probabilidad y los fenómenos contingentes (epidemias, eficacia de los medicamentos o las vacunas, riesgos cotidianos asociados a estilos de vida como el consumo de tabaco, alcohol y otras sustancias dañinas) puede abocarnos a un masivo fallo de los sistemas de salud, cuidados o prevención. O, que para evitar esto, se instauren sistemas de control social claramente invasivos de la libertad individual.

Bueno, todo esto suena un poco distópico, lo confieso. A lo mejor tocaba ponerse así para conjurar demonios que se nos atraviesan a veces en nuestro análisis de lo que pasa. Pero ¿qué dicen los números a este respecto? No dicen nada bueno, lean...

El informe PISA (2022, último año disponible) muestra una caída general que ya venía produciéndose desde hace años, y que se ha agudizado por la pandemia. España mejora en algunos campos respecto al conjunto, pero por la caída general fundamentalmente. El Banco de España reporta que el 50% de los españoles no comprenden el concepto de inflación. El uso de tarjetas revolving o de tarjetas de crédito para obtener efectivo está aumentando en España, como lo demuestra el repunte de los tipos de interés de las primeras en 2025, por encima del 23,3% o el creciente número de entidades bancarias y, lo que es incluso más preocupante, grandes empresas de distribución minorista, que las emiten con intención de fidelizar a los consumidores, a los que ofrecen el uso revolving de las mismas.

¡Pitááágoras!... ¡Pitááááááágoras!

(bip-bip-bip)

Vaya, parece que se ha cortado.

Vale.

José Antonio Herce es socio de LoRIS