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El cisne verde

Junio de 2021 La crisis climática que se avecina está servida. Sabemos que es muy probable. Que ya está enseñando sus afilados colmillos a través de fenómenos climáticos y catástrofes naturales aquí y allá fuera del patrón habitual de ocurrencia de este tipo de sucesos.

El cisne verde, a diferencia del negro, el blanco y el cuellinegro, no existe. Pero, si uno busca estas dos palabras, entrecomilladas en Google, salen 35.700 resultados en español y 230 mil en inglés. Para todos los gustos, claro, yendo desde un restaurante en una provincia española hasta un holding portugués dueño de compañías jugueteras internacionales.

Destaca sobre todo un informe titulado justamente The green swan. Central banking and financial stability in the age of climate change publicado en enero de 2020 por el Banco Internacional de Pagos de Basilea en el que se enfatiza que los riesgos climáticos, de materializarse, podrían comprometer severamente la estabilidad de las entidades crediticias sistémicas por sus efectos potencialmente disruptivos sobre la economía y la sociedad.

El cisne verde, pues, existe en el ecosistema del debate económico y financiero. Y todo indica que lo vamos a ver volar en algún momento. La probabilidad de una disrupción climática de envergadura parece ser muy elevada bajo casi cualquier escenario alternativo. Solo debido a las inercias del pasado de muy difícil mitigación. La incertidumbre sobre este tipo de eventos no radica en la probabilidad de su ocurrencia, sino en el cuándo y en el cómo y tal incertidumbre es enorme, al parecer.

Esta gran incertidumbre es la que bloquea la acción a todos los niveles ante el temor de una mala asignación de los recursos en la lucha contra el cambio climático e incluso sirve de justificación a quienes niegan que el riesgo climático exista. Por lo visto, la evidencia reunida hasta la fecha por los científicos y la experiencia de eventos locales que se conforman a las predicciones de los modelos existentes no son suficientes para que los gobiernos y los ciudadanos afronten masiva y decididamente las políticas y los cambios de comportamiento requeridos para minimizar el impacto del cambio climático.

Nassim Nicholas Taleb formuló su teoría del Cisne Negro en 2007, sobre la ocurrencia de sucesos de enorme impacto, pero altamente improbables. A pesar de la interpretación popular de esta teoría, asimilándola a una «tormenta perfecta» y evocando un impacto catastrófico, hay sucesos muy improbables y altamente beneficiosos, que el propio Taleb mencionaba, como Google. Pero la crisis financiera de 2008 conforma, claramente, el caso de una extraordinaria conjunción de efectos muy dañinos para la economía y la sociedad. La Covid-19 también. Sucesos tan improbables, sin embargo, llevan ya más de una década marcando el ritmo y determinando un manejo de la economía instalado en la excepcionalidad. Hasta el punto de que son numerosísimos los autores que se preguntan acerca de la próxima «gran crisis financiera».

¿Se trata, la disruptiva crisis climática, de un cisne negro que se ha vuelto verde? No. Desde luego, no en el sentido de un suceso improbable, si bien, su impacto, si es enorme. La crisis climática que se avecina está servida. Sabemos que es muy probable. Que ya está enseñando sus afilados colmillos a través de fenómenos climáticos y catástrofes naturales aquí y allá fuera del patrón habitual de ocurrencia de este tipo de sucesos. Quizá, algunos argumentan, la Covid-19 sea otra manifestación de los desequilibrios medioambientales y la manipulación de la naturaleza.

Un suceso muy probable de consecuencias muy negativas es algo que nos debería preocupar sobremanera. Una recesión económica ordinaria puede llevarse por delante dos o tres puntos del PIB anual de una economía cualquiera, una magnitud apenas equivalente a una semana de actividad del conjunto de las fuerzas productivas. Esto se recupera rápido y, en el ajuste del ciclo, se sanean excesos y se corrigen defectos. Una crisis puede ser algo más cara y larga de superar, afectando durante más tiempo y más intensamente a determinados grupos sociales. Pero

El Cisne Verde no va a aparecer en el horizonte de repente. No caben muchas dudas de que ya se están observando y sufriendo los efectos de su vuelo. Las catástrofes climáticas arrecian y causan muertes y pérdidas billonarias. Solo en los EE. UU., el registro de daños debidos a acontecimientos de este tipo en las últimas cuatro décadas arroja un balance de más de 1,9 billones de dólares. Más concretamente, los 290 sucesos registrados entre 1980 y 2020 con daños superiores a 1.000 millones de euros, causaron 14.492 muertes y pérdidas por valor de 1.905,9 millardos de dólares. Los plenos efectos de la pérdida de biodiversidad en curso están todavía por desvelarse, así como los del calentamiento inercial del planeta ya inscrito en los registros.

José Antonio Herce es socio de LoRIS