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Matusalén nos espera

Noviembre de 2020
La creciente longevidad es la causante de que el momento demográfico de nuestra especie sea el mejor de toda su historia, larga ya de doscientos milenios. Trae consigo muchas ventajas y oportunidades, pero también tiene implicaciones problemáticas que solo nuestra proverbial resistencia al cambio impide afrontar.

En los últimos 120 años, la esperanza de vida al nacer, en España, ha pasado de los 37 años a los 83, a un ritmo de 3,83 años por década transcurrida. Obviamente, las ganancias de vida fueron muy rápidas en la primera mitad del periodo mencionado y se han ralentizado considerablemente en la segunda, pero en los últimos 15 años las ganancias se han producido a algo más de dos años por década transcurrida. Al ritmo de 3,83 años por década transcurrida necesitaríamos unos 2.300 años para que la esperanza de vida al nacer fuese de 969 años. En este caso, habría muchos individuos que superarían a Matusalén en la cola larga de la derecha de la distribución cuya media fuese esa elevada edad.

Pero no habrá que esperar tanto. Aubrey de Grey, un conocido biomédico y gerontólogo angloamericano que reside en California (¿se puede pedir más?) dice a menudo que «la persona que ha de vivir 1.000 años ha nacido ya» . Claro, hace referencia a la revolución genética que determinaría la existencia de terapias para curar «el envejecimiento». El envejecimiento, explicado para entendernos, viene a ser una combustión lenta (oxidación) que acaba con los seres vivos, aunque hay especies que o bien viven miles de años o bien se replican y, salvo error u omisión, son eternas.

Cuando nuestra especie se ganaba el sustento practicando la caza y la recolección de alimentos silvestres, en un régimen de vida nómada en pequeños grupos con poca estructura social e incipiente tecnología, la esperanza de vida al nacer rondaba los 32 años. La Revolución Neolítica, paradójicamente, redujo la esperanza de vida al nacer en uno o dos años. Esto fue así porque el asentamiento empobreció la dieta, pero, sobre todo, porque al generarse excedentes alimentarios e incrementarse el tamaño de los asentamientos, aumentaron los conflictos letales por el control social y de los excedentes. Desde estos 30 años durante el Neolítico, hasta el Renacimiento, no se puede apreciar un patrón general de crecimiento de la esperanza de vida, que apenas creció desde entonces hasta alcanzar los 40 años unos cuatro siglos más tarde. Una vez asentada la Gran Revolución Industrial, en la segunda mitad del S. XIX, se inicia el espectacular aumento de la esperanza de vida que nos ha traído hasta los 80 años actuales en la mayoría de los países avanzados, como muestra el gráfico siguiente.

Esperanza de Vida al nacer
(años)
Fuente: Herce (2019)[2]

Llevamos conviviendo con el aumento sostenido de la esperanza de vida mucho tiempo y deberíamos estar acostumbrados. Todos somos conscientes de lo mucho más jóvenes que parecemos (y somos), a cualquier edad, frente a nuestros padres y, no digamos, nuestros abuelos a esa misma edad. Hay quienes llaman al actual fenómeno «envejecimiento». No saben lo que dicen, pues estamos rejuveneciendo (en el sentido de la frase anterior). Los hay hasta que hablan de «suicidio/invierno demográfico», cuando cada vez es más unánime el consenso de expertos sobre la excepcionalidad (por lo buena) que es la actual situación demográfica de nuestra especie. Nunca como ahora, los indicadores biométricos de la especie fueron mejores. ¿Dónde está el suicidio? Llueve maná y nadie parece darse cuenta[3].

Pero, en el fondo, no nos engañamos. Sabemos que estamos experimentando vidas más largas. Lo revelamos (sin saberlo tampoco) cuando la educación obligatoria se extiende por parte de los gobiernos; cuando los periodos formativos se prolongan para adquirir el mayor (no sé si mejor) capital humano que la Teoría del Capital Humano predice como necesario para proveer durante vidas más largas; cuando observamos en nuestros círculos familiares que la viudedad o la incapacidad permanente intervienen a edades cada vez más tardías; o cuando nosotros mismos vamos postergando la venida del primer hijo cada vez más.

Sin embargo, en esta niebla conductual y observacional en la que se mezclan percepciones muy dispares sobre la longevidad, la natalidad, el envejecimiento y si esto es bueno o no tan bueno, hay un pilar y una barrera que no ha sido posible derribar, pese a la evidencia: el pilar medular de la tendencia a salir del mercado de trabajo (léase jubilarse) cada vez antes y la barrera discriminatoria de los 65 años.

Sabemos racionalmente que vivir (bien) cada vez más es incompatible con cotizar cada vez menos a un esquema de pensiones. Pero, al parecer, eso no es un problema para cada uno de nosotros, sino para el gobierno, los bancos o las aseguradoras. Y, como eso de la «tercera edad» nos viene bien para viajar subvencionados o entrar gratis a los museos, aunque nos lo podamos permitir más que los working poors, pues que no nos la muevan y para eso nos inventamos la «cuarta edad» y las que hagan falta. Para encontrar hoy, condiciones biométricas similares a las de una persona de 65 años de 1900, habría que irse a una edad comprendida entre los 81 y los 91 años. Esto es lo que nadie parece valorar.

Curiosamente, se invoca mayoritariamente la natalidad (su fomento), aunque cada vez menos, afortunadamente, como el remedio contra las consecuencias fastidiosas que tiene la longevidad (el pago de los servicios del Estado del Bienestar). Nada más equivocado. Si esas cuentas son hoy insostenibles con los 65 años como edad de referencia para el paso de la actividad a la inactividad, y con la esperanza de vida aumentando a más de dos años por década, ¿por qué más niños y niñas deberían ser una solución? Más bien serían lo contrario. Y puede que los cimientos de un gigantesco esquema piramidal. La clave para entender esto radica en la gran novedad que la demografía manifiesta en lo que va del presente S. XX: No traen pan, como sucedió en prácticamente todo el siglo anterior, sino que lo demandan.

La creciente longevidad es la causante de que el momento demográfico de nuestra especie sea el mejor de toda su historia, larga ya de doscientos milenios. Trae consigo muchas ventajas y oportunidades, pero también tiene implicaciones problemáticas que solo nuestra proverbial resistencia al cambio impide afrontar. Esperemos que la proverbial ingeniosidad de algunos de sus individuos, que también caracteriza a nuestra especie, sepa encontrar las vías para persuadirnos de que es posible vencer la resistencia y encontrar vías productivas para afrontar los enormes retos de lo que, en el fondo, es una gran noticia: cada vez vivimos más.

No estamos esperando a Matusalén, éste nos espera.


[1] Para una completa e interesantísima descripción del personaje bíblico, véase la estupenda entrada homónima de Wikipedia https://en.wikipedia.org/wiki/Methuselah, de la cual están extraídos los datos «biográficos» que siguen. Matusalén no es la única excepción bíblica a un patrón general de vidas muy cortas al alba de la revolución neolítica (vid infra). De hecho, en el Génesis se cita a varios otros Patriarcas y personajes bíblicos extraordinariamente longevos.
[2] Véase ¿Cómo financiar las pensiones en un contexto de creciente longevidad? Capítulo 6 del volumen Pensiones del Futuro (José A. Herce, coordinador) del Instituto Santalucía del Ahorro y pensiones. Accesible en: https://institutosantalucia.es/wp-content/uploads/2020/10/pensiones-futuro.pdf.
[3] Véase Herce, J. A. (2018): Longevity and the «greyny boom»: Manna is raining and (almost) nobody seems to realize it. Demographics (and pensions) as I see them today and tell my friends», disponible en https://www.jubilaciondefuturo.es/recursos/doc/pensiones/20160516/en/longevity-and-the-greyny-boom.pdf.


José Antonio Herce
José Antonio Herce es socio de LoRIS.