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Homo oeconomicus

Laponia IX: Laponia

Frente a la dimensión mediática que está adquiriendo el problema de la despoblación, cientos, por no decir miles, de pequeños colectivos mucho menos visibles están actuando directamente.

José Antonio Herce San Miguel
Diciembre de 2019

Laponia, como es bien sabido, es un vasto territorio situado entre Finlandia, Noruega Suecia y Rusia. Su extensión es de 388 mil km2 y su población de 1,1 millones de habitantes, de los cuales 800 mil habitan en la parte rusa, lo que arroja una densidad de población de apenas 2,8 habitantes por km2, entre 1 y 2 si nos referimos únicamente a las partes no rusas de esta enorme región ártica. Laponia nunca estuvo más poblada que ahora, por lo que su problema no es exactamente de despoblación. Es, simplemente, un área escasísimamente poblada en la que la población vive bajo duras condiciones climáticas y fuertemente subsidiada por los gobiernos respectivos.

Estos, desean fijar población allí para evitar que se desaprovechen importantes recursos como la caza o la ganadería de renos en estado salvaje, recursos minerales y, más recientemente la explotación de los atractivos turísticos que indudablemente tiene la región. Sobre todo, se desea proteger el estilo de vida de grupos indígenas (minoritarios entre la población existente, no obstante) que incorporan importantes valores etnográficos y culturales, incluida la lengua de los habitantes originarios de estos territorios y presentes en ellos desde hace muchos milenios.

Casi nada de lo anterior se refleja en el caso de los territorios despoblados españoles. Tan solo la extrema soledad de amplias zonas del interior peninsular, sin excluir zonas de montaña con clima más extremo, reflejada en densidades de población similares, autorizaría a una extorsión del lenguaje tan abusiva como la que ha dado nombre a esta serie a lo largo del año que acaba. En la misma he expuesto y analizado (a mi manera) los problemas generales de la despoblación en España confiando en que este título forzado, pero a la vez evocador, de la característica más visible de la «ultraperiferia demográfica española» haya captado la atención del lector y la haya concentrado en lo que se está convirtiendo en un ítem más en la ya abultada agenda nacional.

Pienso en continuar la serie en 2020. Con el mismo título. El enfoque será distinto, centrado en las «buenas prácticas» como categorías para la acción. El tipo de acción que se necesita para recuperar un territorio habitado y vibrante e ilustrando estas buenas prácticas con alusiones directas a las experiencias, abundantísimas, que vienen dándose en el territorio, desde abajo, desde hace muchos años.

Frente a la dimensión mediática que está adquiriendo el problema de la despoblación, con tintes que a veces rayan lo «folclórico» (no el folclore, que es otra cosa), cientos, por no decir miles, de pequeños colectivos, mucho menos visibles que la bruma mediática que los envuelve, están actuando directamente para comprender el problema, atajar la sangría y garantizar la sostenibilidad de estos territorios. Extensas redes institucionales, en general bien trabadas, como es el caso de los Grupos de Acción Local , aúnan sus escasos recursos y esfuerzos con los antedichos grupos que ni están institucionalizados ni lo desean, generando con notable éxito, en general, relevantes sinergias y el caldo de cultivo de las buenas prácticas. Cada día.

Eventos de tradición muy reciente, pero de impacto rápidamente creciente, como PRESURA, están permitiendo visualizar, con una gran riqueza de matices y experiencias, el futuro de la repoblación, ante la sorpresa de muchos agentes convencionales que jamás hubieran imaginado lo que está sucediendo.

En este contexto, que solo es nuevo porque por fin está rompiendo las barreras del localismo y la indiferencia que aún encauzan la poderosa corriente despobladora, pero cuyos agentes llevan décadas pugnando por llegar a la conciencia del país, solo falta la mano (ex)tendida de la sociedad para recibir y empujar lo que unos pocos están haciendo por los demás. También para darle una forma que suscite la más amplia simpatía por esta causa, lo cual no es fácil ni está exento de riesgos.

Empezamos 2020 y, por preocupante que parezca la situación de la España rural y despoblada, por desasistidos que se sientan los agentes que en ella actúan, hay que ser optimistas porque las ideas están más claras que nunca, los proyectos más rodados y la masa crítica a punto de alcanzarse aquí o allá, aunque las conciencias sigan adormiladas y la acción política embotada por un adanismo irresponsable que frena lo que ya es, a mi modesto juicio, imparable.

José Antonio Herce es Director asociado de Afi