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El cisne violeta

Septiembre de 2021 El vuelo envolvente y oportunista, que no oportuno, de los cisnes violeta, a medida que los cisnes blancos han ido retrocediendo, o desarrollando su propio plumón violeta, conlleva el riesgo de que acabemos siendo más iguales… por abajo.

Cuando el cisne blanco no abunda o renquea en los que otrora fueron sus dominios aparecen los cisnes de colores exóticos. El Cisne Violeta es uno de ellos. Y... (ya lo saben) se le ve por todos los sitios.

El cisne violeta ocupa con deleite los ecosistemas que van quedando libres de la influencia de su congénere blanco y, diríase que es muy bienvenido. Pero lo cierto es que enreda mucho y quienes lo estudian no se ponen de acuerdo acerca de su adaptación al medio que ocupa o, mejor dicho, acerca de la adaptación del medio ocupado a la presencia de esta no-tan-nueva-especie.

El cisne violeta representa a los populismos. Tan abundantes hoy en todos los ecosistemas políticos como escasos parecen ser los «ismos» políticos progresistas, conservadores o liberales, moderados y capaces de colmar las aspiraciones de los ciudadanos en sociedades avanzadas.

Los populismos han hecho impresionantes avances electorales en todo tipo de países desde hace décadas. La mejor muestra de ello en los países avanzados es el caso francés. Gobiernan con mayorías en países emergentes. O mediante alianzas en los avanzados, europeos sin ir más lejos. De hecho, muchos cisnes blancos, por puro contagio, han desarrollado plumaje violeta aquí y allá. Muchos partidos conservadores o progresistas han generado en su seno corrientes que hacen competencia ideológica a los partidos populistas.

¿Qué ha cambiado en el electorado para que el avistamiento de los cisnes violetas sea una realidad cotidiana? Sin duda, los consensos forjados en lo que, al cabo de la II Guerra Mundial, se denominaba «occidente», hace más de siete décadas, se han resquebrajado porque quienes los crearon han ido desapareciendo y las garantías de que las clases populares y medias obtendrían una porción adecuada de la renta y la riqueza creada por la paz y la prosperidad de la posguerra se han dejado de cumplir.

Hace décadas que las clases populares y medias dejaron de prosperar al ritmo que crecía la economía. Ello ha creado una enorme brecha de oportunidades que se trasluce en la generalización de empleos de baja calidad, las dificultades de acceso al ahorro y a la riqueza propia, el conocimiento avanzado y la formación de familias prósperas y estables entre las jóvenes generaciones. Los estilos de vida cambian, pero cuesta reconocer como avanzados, o meramente satisfactorios, aquellos estilos de vida que vienen forzados por un desigual reparto de oportunidades.

Los populismos han interpretado bien las señales de insatisfacción, bastante mejor que los partidos convencionales. Pero sus remedios no funcionan. Se sabía esto por la experiencia de países que venían sufriendo a los populismos desde siempre porque, en dichos países, nunca hubo un atisbo de igualdad, por más que este principio figuraba prominente entre los más sacrosantos en sus aberrantes constituciones «populares y democráticas». Pero muchos electores de las sociedades avanzadas lo han ignorado y han dado su confianza a quienes so capa de un diagnóstico más o menos acertado propugnan recetas contraproducentes.

Al mismo tiempo, las opciones centristas y liberales que, de hecho, se conformaron con el consenso práctico de la social democracia y la democracia cristiana europeas, y sus equivalentes en otros continentes, de mediados del siglo pasado, han desaparecido a manos de la ansiedad de los grandes partidos mencionados por competir con los populismos a sus extremos.

El descuido sistemático de los reguladores a la hora de contener las concentraciones de poder económico y financiero, por otra parte, se ha producido a medida que iba diluyéndose el consenso social y económico de hace unas generaciones, lo cual está estrechamente relacionado con esa pérdida del testigo generacional del bienestar y la prosperidad generales. Insensiblemente, o no, cada vez más ciudadanos no llegan a adquirir la educación de calidad, mientras esta se masifica y banaliza, o no pueden acceder a un marco laboral que les dignifique y remunere, mientras el trabajo se sofistica crecientemente, o no llegan a ahorrar para lograr la salud financiera que la vida actual exige mientras las necesidades para una vida plena, socialmente deseable también, no dejan de crecer.

No es casualidad que entre los premios Nobel de los últimos años, en la literatura académica, en los debates globales, incluso con la participación de instituciones de gobernanza económica global poco preocupadas por estos problemas en el pasado, se refleje una honda preocupación por la extensión de la desigualdad (y hasta de la pobreza, que no es exactamente lo mismo que la desigualdad) . Prestigiosos economistas que apenas se habían pronunciado sobre estos temas en décadas, lo hacen ahora convergiendo con la marea de economistas jóvenes verdaderamente especializados en el análisis de estos graves problemas.

Sin que se hubiese alcanzado en las décadas pasadas la «era dorada» de la igualdad de oportunidades, hoy tenemos la añoranza de aquellos tiempos cuando vemos la polarización de la renta, la riqueza y las oportunidades que se ha instalado en las sociedades otrora más igualitarias.

José Antonio Herce es socio de LoRIS