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Homo oeconomicus

El cisne blanco

En España, la única vez que se observó «pleno empleo» en los últimos cuarenta y cinco años fue en 2007. Y eso que la tasa de paro era del 7,95%. ¿Que por qué era esa tasa la de pleno empleo?

José Antonio Herce
Abril de 2021

Tiene su cosa que la denominación que recomienda la Sociedad Española de Ornitología para referirse al Cygnus olor en castellano sea «cisne vulgar», también llamado cisne blanco o cisne mudo. Esta especie de ave acuática fue la elegida por las monarquías europeas para poblar los estanques de sus palacios por su elegancia y como símbolo de su realeza en emblemas y escudos. Un cisne blanco, por lo tanto, es no solo lo normal (por lo «vulgar»), sino también lo deseable.

Así puestos, bien pudiera suceder que el cisne blanco, como fenómeno económico, con esa característica de «normalidad deseable», su elegancia, el embobamiento que provoca su contemplación... sea más raro de observar que cualquier otra situación (incluida el cisne negro). Siendo raros los cisnes negros, estos y todas las demás variedades del género Cygnus acabarían siendo más frecuentes que el cisne blanco.

Una traducción directa de lo anterior, de los cisnes a la economía, pues ambos están ya unidos para siempre a través del cisne negro, sería que los estados deseables en la economía son menos frecuentes que los indeseables. No tiene por qué ser así y, de hecho, el estado más frecuente de la economía, en base anual, es de crecimiento de la actividad y no de descenso.

Lo que es más difícil de lograr es el crecimiento sostenido, con pleno empleo habitual, una distribución primaria de la renta aceptable para las clases populares, ausencia de comportamientos dominantes en los mercados de bienes y servicios o ausencia de economía sumergida. Una gran recesión o una crisis más larga causada por el estallido de burbujas financieras o inmobiliarias seguida, apenas una década más tarde, de una pandemia global que lo para todo, no es lo habitual. Pero pasa.

Pues porque los salarios y los precios estaban creciendo por el sobre calentamiento de la actividad. O porque los graneros fiscales estaban a rebosar (y deberían haber estado mucho más llenos de grano). O porque la sociedad percibía que las oportunidades estaban llegando a los menos favorecidos y el empleo a los jóvenes (que incluso abandonaban los estudios).

La economía española funciona en tal régimen de productividad que la Productividad Total de los Factores (PTF) ha descendido un 10,5 entre 1995 y 2017 (The Conference Board y BBVA Research). En el mismo periodo, sin embargo, la Productividad Aparente del trabajo creció un 28% en volumen (INE). Si extendiésemos este periodo hasta 2020, al ritmo pasado, nos encontraríamos con más de un 12% de caída de la PTF. Un cuarto de siglo perdido en términos de convergencia real con la UE. Esta es la norma productiva de la economía española.

Episodios como la crisis financiera de hace más de una década o la pandemia actual son verdaderos cisnes negros. Es muy difícil que se presenten, al parecer. Y, sin embargo, nadie diría que lo normal, de un tiempo a esta parte, es el sobrevuelo de los cisnes blancos.

La economía y la sociedad españolas llevan demasiados años sin experimentar la sensación de que las cosas mejoran y de que se están resolviendo los grandes problemas económicos como son la baja productividad, el desempleo o la desigualdad en la distribución primaria de la renta (que debe ser monstruosa solo considerando que la distribución secundaria ya es notable).

Cuando el abandono escolar se enquista, la dualidad del mercado de trabajo se ensancha y profundiza, las reformas educativas se suceden a un ritmo mayor que el del turno político o las leyes aprobadas por un gobierno se derogan por el que le sucede, y los indicadores cuantitativos de todos estos fenómenos oscilan entre lo malo y lo peor, marcando mínimos que, solo con una total distorsión de la realidad, nos parecen grandes éxitos (como el del «pleno empleo» a la española de junio de 2007), es muy difícil que la productividad tenga una oportunidad para crecer.

De hecho, los indicadores de productividad españoles son el sumidero de todas de deficiencias que nos aquejan. En nuestra economía, la productividad aparente del trabajo es baja, no crece apenas y, si crece, lo hace en las recesiones. Toda una anomalía que revela la naturaleza de un mercado de trabajo muy ineficiente y de unos mercados de bienes y servicios, todavía aquejados de «monopolitis» y capitalismo castizo, como lo definiera hace décadas el profesor Fuentes Quintana.

La normalidad deseable, en el plano económico, o sea, el cisne blanco, es rara en España y tan esquiva que las reformas educativas y laborales o de la administración se suceden en el tiempo sin lograr avances significativos. Los indicadores económicos describen desviaciones de un estado estacionario, originadas por innumerables causas internas y externas al sistema económico, pero estas desviaciones se producen alrededor de una tendencia en la que se constata progreso sostenido en la calidad de vida, el empleo y las empresas y los recursos productivos están activamente utilizados sin tensiones, escaseces o redundancias en su asignación.

Cuesta entender por qué nos conformamos con esta mediocridad productiva general, lo que no implica que no existan admirables ejemplos de buenas prácticas. Pero lo cierto es que los cisnes blancos son más raros de lo que parece.

José Antonio Herce es socio de LoRIS