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Cisnes de colores

Febrero de 2021 Los grandes cambios que determinan el curso de la sociedad y la economía, aunque raros, se dan más a menudo de lo que creemos

Los cisnes son aves acuáticas muy extendidas en los cinco continentes. Son, de plumaje, normalmente blancos, si bien las especies de nuestras antípodas son de color negro. Las hay incluso entreveradas de blanco, negro y tonos pardos o marrones, mitad pato y mitad cisne, o cuellinegros. Todas las especies de cisnes, designados comúnmente como Cygnus, pertenecen a la familia de las Anatidae. Entre otras características muy salientes (su largo cuello) está la de que se emparejan de por vida.

Como animales mitológicos, los cisnes no tienen rival; en el mundo griego estaban consagrados a Apolo y en el mundo latino a Venus, nada menos, de forma que el arte, la belleza y la fertilidad, nada más, les amparaban de un uso profano. Como el que se hará de estas portentosas aves de ahora en adelante.

Ea, inauguro este año 2021, de todas las desgracias y todas las esperanzas, una nueva serie de entradas en Empresa Global dedicada a los cisnes... los cisnes de colores. De todos los colores del espectro visible e invisible, del infrarrojo al ultravioleta (no se asusten). El leitmotiv de la serie de este año será el análisis no técnico de las manifestaciones de la economía que nos sorprenden, nos sobrecogen o, incluso, nos fascinan.

Un cisne blanco, en nuestros días (y siempre) evoca un sueño amable que a todos nos gustaría tener, mientras que un cisne negro, desde que los financieros metieron mano en el asunto, evoca una pesadilla. Mejor dicho, la pesadilla perfecta. Aunque, por otra parte, casi imposible por tratarse de una contemplación extremadamente rara. Nada de eso, como ya sabemos desde el S. XVIII cuando una expedición holandesa descubrió que los había. Hay, al menos, dos especies de cisne negro (la Cygnus atratus, en Australia y la Cygnus sumnerensis, en Nueva Celanda) y una subespecie de ambas (la C. atratus sumnerensis, para variar). Sea como sea, los cisnes de todo plumaje son aves majestuosas y evocadoras. Conmueve su belleza, aunque a los supersticiosos, la de los cisnes negros, les parezca trágica.

La «teoría del cisne negro», debida a Nassim Nicholas Taleb y desarrollada en sus libros publicados entre 2007 y 2010, postula, entre muchas otras cosas, que tendemos a explicar retrospectivamente sucesos inesperados de consecuencias extraordinarias. Aunque previamente a su ocurrencia (por definición) nunca hubiésemos podido predecirlos o imaginar su ocurrencia, una vez acaecidos encontramos explicaciones y/o indicios de que, en realidad, su ocurrencia estaba más que cantada. Incluso aparecen muchas voces que reivindican el habitual «ya lo dije yo». Las rara avis de Juvenal, en realidad, no son tan raras.

Entre los sucesos predecibles con probabilidad 1 e impacto positivo potencialmente infinito (el beso cotidiano y afectuoso de nuestros padres) y los que, siendo igualmente probables (con probabilidad 1), tienen un impacto negativo potencialmente infinito (¿el calentamiento global extremo?) se encuentran aquellos cuya ocurrencia tiene probabilidad 0 (son impredecibles) e impacto negativo potencialmente infinito (el choque contra la tierra de un asteroide de 3 km de diámetro) o impacto positivo (también potencialmente infinito, se trata normalmente de milagros). Así pues tenemos ante nosotros una amplísima gama de sucesos cuyo efecto esperado (el producto de la probabilidad por el impacto) va, respectivamente, de (+)infinito a (-)infinito pasando por indeterminado (el producto de 0 por infinito).

Asegurar un impacto de beneficio esperado positivo (sea infinito o finito) carece de sentido por la sencilla razón de que el aseguramiento no provoca o impide la ocurrencia del evento, siempre que éste sea independiente del hecho de asegurarse, claro, y, en definitiva, ¿qué sentido tiene pagar por algo bueno si te va a llegar sin hacer nada? Asegurarse contra la ocurrencia de un daño infinito de probabilidad 1 es tan caro como el daño esperado y también carece de sentido, siendo la oración el único recurso. Como también es muy complicado asegurarse contra un suceso de daño infinito, pero de probabilidad 0, por la dificultad intrínseca de cotizar la prima de esa póliza.

En fin, aunque la buena noticia es que la mayoría de las cosas que suceden todos los días tienen probabilidades e impactos discernibles y abarcables, lo cierto es que De otra forma, hace tiempo que habríamos asistido al «fin de la historia», por la sencilla razón de que nunca habría habido un «principio de la historia», al menos de la historia fascinante, siempre sorprendente, trágica y feliz de la humanidad.

Porque, ¿qué es la emergencia misma de nuestra especie, la Homo sapiens, sino un soberbio ejemplo de un cisne negro? Y, a partir de ahí, no se para. Desde el «out of Africa» (el de los sapiens, que no fue el primero) a la revolución digital, pasando por la Grecia clásica, la civilización romana, el movimiento monástico, el descubrimiento de América, el renacimiento, la gran revolución industrial o el movimiento obrero. Y que conste que esta lista no es ni exhaustiva ni, siquiera, políticamente correcta.

Va a resultar que ni los cisnes blancos ni los negros son lo verdaderamente extraordinario, sino que lo verdaderamente extraordinario es lo que no sucede entre ellos. Y cuidado, porque a la que se piensa en algo que no se ha visto nunca (si esto fuese posible), eso mismo acaba, tarde o temprano, sucediendo. Yo tengo una teoría, a la que he puesto el pomposo nombre (se lo estoy poniendo ahora, en realidad) de «Teoría de la Génesis Prospectiva» que se basa en el siguiente:

Teorema: todo lo que se puede imaginar se puede hacer.

Demostración (a contrario) : si no se pudiese hacer no podríamos imaginarlo.

QED.

José Antonio Herce es socio de LoRIS