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Un Fondo de recuperación inteligente

Febrero de 2021 Ante todo, las ayudas a este sector tienen que orientarse hacia su transformación en términos de menos volumen y más ingresos por turista.

Me preocupa la idea de un fondo de «recuperación» porque pienso que debería ser un fondo de futuro. Recuperar implica, al menos semánticamente, una vuelta a la situación precedente a una crisis. La economía puede y debe, en efecto, recuperarse, pero eso no puede significar una vuelta al pasado sino que tiene que trazar un camino hacia el futuro. El mayor error que se puede cometer es enfocar los recursos públicos hacia un retorno a las ineficiencias y las insostenibilidades de la economía que heredamos del anterior siglo. Para ello hay que adoptar cinco principios fundamentales orientados hacia una recuperación inteligente.

El primero es que una crisis como la actual representa un reinicio, una oportunidad para hacer las cosas mejor. La idea fundamental no debe ser recuperar el nivel de actividad económica previo a la crisis sino aprovechar las circunstancias para transformar la economía. Por ejemplo, no tiene sentido subsidiar un sector turístico de masas que poluciona el litoral, enfada a los vecinos en las grandes ciudades, crea puestos de trabajo poco cualificados y deja escasos beneficios.

El segundo principio consiste en enfocar los fondos en actividades de valor añadido que creen empleo cualificado a largo plazo, sobre todo para los jóvenes, evitando así que perdamos un talento que tan caro resulta formar. Pero dichos subsidios no deben apostar por sectores concretos sino ofrecer incentivos horizontales para que las empresas -sobre todo las de menor tamaño- se animen a competir en mercados de cada vez mayor ámbito geográfico, desde los puramente locales a los globales.

Conviene también que los fondos mal llamados de recuperación vengan acompañados de una apertura a la competencia, sobre todo en los sectores de servicios. Las ayudas a sectores en declive secular que no se supediten a una mayor competencia son sencillamente contraproducentes. No olvidemos que proporcionar subsidios sin contrapartida es miope y redunda a largo plazo en una caída del nivel de bienestar económico del conjunto de la población.

Un cuarto principio fundamental consiste en incentivar una redistribución geográfica del empleo y la actividad económica. Hace casi 70 años el economista Román Perpiñá advirtió sobre los efectos del llamado hexágono económico luso-español, con una periferia peninsular dinámica en torno a Madrid y un interior en vías de despoblación. Debemos aprovechar esta crisis para paliar una de las tendencias demográficas y ecológicas más negativas de las últimas décadas.

Por último, conviene adoptar el principio de que no existen sectores tecnológicos sino tecnologías que resultan aplicables a numerosos sectores de la economía. Así, la agricultura debe ser un sector tan de alta tecnología como el sector sanitario o de fabricación de maquinaria automatizada. Solamente desplegando las nuevas tecnologías a lo largo y ancho de la economía conseguiremos abandonar de una vez el modelo económico del siglo XX.

Mauro F. Guillén es catedrático de Dirección Internacional de la Empresa en la Wharton School, así como miembro del Consejo Académico de Afi Escuela de Finanzas