Laponia VIII: conspiraciones

Noviembre de 2019
Frente a las fuertes tendencias que propiciaron la despoblación, ni hubo la reacción organizada de una mínima planificación territorial ni, seguramente, ganas de acometerla en el caso de que alguna alarma se desatase entonces.

Los territorios se pueblan o se despueblan de muy diversas maneras y dinámicas y por muy variadas razones. Pero rara vez porque haya detrás una mano negra con aviesas intenciones que, finalmente, logra su propósito.

Laponia, la verdadera Laponia, nunca estuvo poblada en demasía por la convincente razón de su escaso atractivo para el asentamiento, su clima extremo y su excentricidad respecto a los núcleos históricos de población, giro comercial o nodos de comunicaciones. Repoblar un territorio que nunca ha estado poblado es, en buena medida, un contrasentido. Lo que no obsta para que el ser humano, en su indeclinable vocación exploradora, haya llegado a los rincones más inhóspitos del planeta desde épocas muy remotas.

Pero Detroit, la que en su día fue la «ciudad del motor», bautizando con este distintivo a un importante estilo y movimiento musical (Motown), quedó semi vacía, perdiendo cientos de miles de habitantes en pocos años, cuando la dinámica global del sector automovilístico dio un giro de 180 grados acabando con el liderazgo de las compañías americanas.

En no pocas ocasiones históricas los territorios españoles y en muchos otros países se han visto despoblados y repoblados por las oleadas de invasiones, guerras, conquistas y reconquistas. Y, más recientemente, por los desplazamientos estructurales de las oportunidades económicas a las grandes ciudades o cabeceras industriales cuando la agricultura se mecanizaba y la mano de obra era necesaria en otros sectores económicos y territorios.

El debate literario sobre «La España Vacía», en la afortunada expresión de Sergio del Molino (Turner Libros, 2016), largo ya de décadas, es bellísimo y emotivo, pero deja este toro en suerte frente a un debate ideológico menos afortunado en mi opinión. Según más de una versión estilizada de este debate ideológico, y quintaesencia de la teoría conspiratoria de la despoblación, la dictadura «vació» España desde los años cincuenta del siglo pasado para llenarla de pantanos y centrales nucleares. Lo cual, a la vista está.

Esta expresión suprema (y quizá extrema) de la teoría de la conspiración del despoblamiento español ni se compadece con lo que ha sucedido ni facilita el diagnóstico del problema, dificultando, por tanto, la solución.

Sí habría que admitir que, frente a las fuertes tendencias de fondo que propiciaron la despoblación de buena parte del territorio español, antes comentadas de pasada, ni hubo la reacción organizada de una mínima planificación territorial (u ordenación del territorio, como en Francia) ni, seguramente, ganas de acometerla en el caso de que alguna alarma se desatase entonces. Pues mucha era la necesidad de facilitar políticamente la emergencia de la clase media urbana en una España mísera y poco productiva en la que el desplazamiento masivo de trabajadores agrícolas, braceros y minifundistas empobrecidos a la industria básica y la construcción en los extra-radios de las capitales provinciales permitió alcanzar tasas de crecimiento del PIB por encima del 6% real durante muchos años.

En otros países europeos más avanzados, en los que también se produjo el éxodo rural, este tuvo lugar mucho antes que en España y el largo tiempo transcurrido, unido a políticas sin duda más inteligentes, evitaron que observemos en ellos el desaguisado poblacional y territorial que se observa hoy en buena parte de nuestro país.

Diagnosticar hoy el despoblamiento como algo causado por la mano negra de una conspiración en la sombra que ha vaciado España deliberadamente para lograr propósitos inconfesables (hasta se evoca a veces a los fondos «buitres», con «s») es un grave error de diagnóstico que limitará las posibles soluciones o determinará arraigos reivindicativos escasamente orientados hacia una repoblación creativa y productiva.

Ahora bien, frenar la sangría poblacional, el abandono y consiguiente deterioro (cuando no expolio) de los activos rurales, incluida la tierra o la pérdida de rasgos culturales únicos cuya obligación de preservar nos incumbe a todos, es una prioridad. Así como lo es la de definir nuevas funciones para estos territorios.

Y, sin embargo, la agenda política para la repoblación, a pesar de las manifestaciones institucionales de los últimos años o el entusiasmo con la que los representantes políticos han abrazado más recientemente esta causa, sigue vacía. El «adanismo» preside la alternancia de altos representantes para este negociado, con el resultado de que todavía no tenemos ni un diagnóstico oficial ni, mucho menos, una estrategia digna de tal nombre. Menos aún, medidas consensuadas y coherentes. Mientras, la incesante iniciativa de la miríada de agentes locales que actúan en la base del territorio en toda España, se deshace contra el rompeolas de la burocracia, los trámites administrativos y, en el fondo, la falta de interés por entender el problema y, a la postre, resolverlo.

José Antonio Herce es Director asociado de Afi