Homo oeconomicus

Laponia IV: armonía generacional

Iniciativas «desde abajo», individuales, agrupadas en colectivos, incluso apoyadas por gobiernos locales o autonómicos que empiezan a ver su eficacia y eficiencia, están diseñando el mapa futuro, geográfico y funcional del diálogo intergeneracional.

José Antonio Herce San Miguel

Gracias al trabajo de una enorme cantidad de agentes que actúan de forma individual u organizados en pequeños colectivos que forman una fina y, a la vez, tupida red de relaciones locales, que no saben de fronteras y que ponen en muy segundo lugar a las administraciones públicas (condición sine qua non para volar), el territorio palpita. Aunque muchos, que están medio sordos y solo pueden oír ciertas frecuencias, no se den cuenta.

Hay que acercase con la vista y el oído para darse cuenta de lo que está pasando y cómo, espontáneamente, de forma autónoma y aprovechando los recursos disponibles, al tiempo que, innovando calladamente, estos agentes están «poblando» el desierto demográfico de nuestros municipios de iniciativas hermosas y prácticas a la vez.

En la derivada que quiero comentar en esta entrega de la serie, la innovación se declina sobretodo en el ámbito social, más que en el tecnológico. Más concretamente, en el ámbito de la maltrecha relación entre las generaciones.

Digo maltrecha, porque el supremo egoísmo de los mayores (entre los que me encontraría si el criterio fuese estrictamente etario), cuando reivindican todo para ellos en defensa de sus nietos (porque sus hijos ya se están dando cuenta), está enfureciendo a los jóvenes actuales como lo estuvieron aquellos «angry young men» (and women) de los años 60 del siglo pasado.

Pues bien, en este contexto, iniciativas «desde abajo», individuales, agrupadas en colectivos, incluso apoyadas por gobiernos locales o autonómicos que empiezan a ver su eficacia y eficiencia, están diseñando el mapa futuro, geográfico y funcional del diálogo intergeneracional. Están creando lugares y espacios de convivencia de jóvenes y mayores, en los que los primeros ayudan a los segundos ofreciéndoles varias horas de cada uno de sus días, combinándose para atenderles y acompañarlos, compartiendo actividades con ellos. Por su parte, los mayores aportan parte de sus recursos (residenciales o económicos) y comparten sobre todo su experiencia vital con los jóvenes.

En este ínter curso, ambas partes se embarcan voluntariamente, de manera flexible, por unas semanas o meses, mientras duran los trabajos o vacaciones de los jóvenes, en una determinada comarca. Porque la otra derivada decisiva de estas iniciativas es que estos acuerdos intergeneracionales, que se iniciaron en las capitales europeas trasladándose posteriormente a las españolas, se están dando ya en los pequeños municipios de la España despoblada.

Allí, las administraciones locales también empiezan a ver que pueden revitalizar sus comarcas facilitando el uso del parque residencial, flexibilizando las normativas urbanísticas y los permisos de actividad, aportando apoyo logístico para que jóvenes y mayores deseosos de embarcarse en acuerdos de este tipo puedan llevarlos a cabo con mejor calidad de vida que en las ciudades. Y, para su sorpresa, se están encontrando con que los jóvenes y los mayores (no se piense que masivamente, ojo) encuentran los entornos rurales muy convenientes para su propósito.

Los jóvenes no son un colectivo homogéneo. No todos (y cada vez menos) estudian en las universidades capitalinas. No todos desean vivir en ciudades. No todos sienten que su familia, si acaso, es el núcleo estricto y a menudo problemático que marcan la biología y las condiciones de elegibilidad social para que te miren bien. Más bien encuentran otras asociaciones intergeneracionales interesantes y vivificadoras, además de propiciadoras de una armonía vital rara y sorprendente a la vez.

No será un movimiento masivo, no lo es desde luego hoy, pero de la misma manera que la despoblación, en ocasiones una marea, también se ha manifestado gota a gota, esta repoblación intergeneracional puede ayudar. No solo a la geografía de la despoblación, también al estado del bienestar.

En muchos países avanzados se están revirtiendo las políticas de institucionalización de las personas mayores frágiles. De hecho, se ha observado que su fragilidad se agudiza cuando se les institucionaliza en residencias y centros. Se están estableciendo nuevas políticas de autonomía personal en el hogar y la convivencia intergeneracional de personas no vinculadas por lazos de sangre, de base voluntaria en ocasiones, se está revelando como un apoyo decisivo a estas nuevas políticas que, en su ausencia, acabarían fracasando por el gran problema que tiene la vida autónoma de los mayores en su hogar hoy: la soledad.

La creciente longevidad de individuos de toda edad y condición, la despoblación de una importante parte del territorio, en el que habitan sobre todo personas mayores y la creciente ineficacia e ineficiencia de las políticas convencionales, se están aliando poderosamente, junto a otros factores, para crear el campo de cultivo en el que florezca esta visión nueva y hermosa de la solidaridad intergeneracional. Y, para nuestra sorpresa, los agentes que trabajan para combatir la despoblación se están dando cuenta de que también en esta tendencia de fondo que caracterizará al siglo XXI, el mundo rural tiene algo que ofrecer.

José Antonio Herce es Director asociado de Afi