Homo oeconomicus

Laponia II: 12,5 y los servicios

Es la concentración de población la que facilita, abarata y potencia la prestación de servicios de todo tipo a la población. Sin embargo, la densidad de población, siendo grave, es compensable con tecnología.

José Antonio Herce San Miguel
Abril de 2019

La despoblación tiene su «número mágico»: 12,5 habitantes por km2. Esa es la densidad de población por debajo de la cual la Unión Europea (UE) considera que un territorio está despoblado. Toda métrica tiene sus ventajas y sus inconvenientes, y esta no es menos.

La despoblación no se puede reducir a un solo número. No es solo una condición cuantitativa. Es también una condición cualitativa que adquiere tonos diversos en cada lugar y tiempo. Es una condición dinámica, desgraciadamente, de una sola dirección. Es, incluso, una condición emocional para quienes la sufren, que modifica su percepción del entorno y sus posibilidades, de su propia vida y de sus relaciones con el resto de los agentes sobre el terreno.

La escasez de población viene caracterizada, además, por la dispersión de aquella en espacios enormes. No es lo mismo una concentración de 5.000 habitantes en un único polo de población dentro de un área de 2.500 km2 (50km x 50km) que la dispersión de esos mismos habitantes en 50 núcleos de población de 100 habitantes cada uno separados entre sí todo lo que el territorio dé de sí, a veces unos pocos kilómetros.

Es la concentración de población la que facilita, abarata y potencia la prestación de servicios de todo tipo a la población. Sobre esta base se avanzan propuestas para poco menos que, de manera un tanto dictatorial, concentrar a la población de los núcleos dispersos en núcleos, forzosamente también artificiales, concentrados. Este remedio puede ser peor que la enfermedad.

Es cierto que la escala y densidad del poblamiento es importante para generar las economías de escala cuya ausencia haría esta provisión de servicios impagable o fuertemente deficitaria. Razones de este tipo son muy de recibo. Pero a menudo se olvida que la tecnología está salvando la distancia a marchas forzadas; y también se olvida que está desmaterializando la producción tanto de bienes como, por supuesto, de servicios; y que, por fin, la producción de servicios cada vez ocupa más lugar en el output económico de todas las economías sea cual sea su escala.

Una de las tiranías más frecuentes a la que sometemos a nuestro pensamiento en relación con la ruralidad es que en estos territorios solo hay agricultura, ganadería, bosques y turismo rural. Siendo también cierto que todas estas actividades distan mucho de estar siquiera levemente digitalizadas, lo que permitiría un desempeño mucho más eficiente, no lo es menos que hay cientos de otras ocupaciones ya fuertemente ancladas en la digitalización y el teletrabajo, que pueden realizarse desde cualquier lugar en el que la gente, los autónomos, profesionales y las pequeñas empresas deseen radicarse.

Pero, en lo que se refiere a la prestación de los servicios en el territorio, tanto esenciales (sanidad, educación, administraciones) como no esenciales (ocio, relaciones... ¿no esenciales?), la tecnología, de nuevo, elimina las distancias y la necesidad de concentrarse para generarlos y disfrutarlos. Cada vez más.

La clave radica en la «movilidad colaborativa», impulsada por plataformas y dispositivos, debidamente regulada y dotada de incentivos que anime a la participación en este tipo de esquemas. Por ejemplo, un «banco de tiempo». La primera resolvería el grave problema actual del acceso a servicios que, si me apuran, diría que son más abundantes (por cada 100 habitantes) en la España despoblada que en la superpoblada. No hace falta poner dispensarios ni escuelas, bares o salas de reuniones para jóvenes menores de edad si estos centros están plenamente accesibles en las cabeceras comarcales. Les aseguro que se puede llegar antes a un buen centro de salud dotado de servicio de urgencias en una cabecera de comarca que en una gran capital.

Un banco de tiempo, por su parte, permitiría una participación «masiva» de vecinos cuyos automóviles están ociosos la mayor parte del tiempo, gracias a la garantía de que si dedicas tres horas a transportar a tus vecinos a esas cabeceras comarcales, alguien de la comunidad del banco de tiempo te las va a devolver cuando tú las necesites. Pillan la idea, ¿no? A ti o a tus familiares, estén donde estén en el mundo... En efecto, participación masiva.

Espero haberles argumentado que la densidad de población, siendo grave, es compensable con tecnología y, sobre todo, con buenas políticas. La próxima vez que un partido político les proponga ideas de este tipo, escúchenlo.

José Antonio Herce es Director asociado de Afi