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Singularidad

Junio de 2017 «Desde mi punto de vista, el factor más decisivo será si las máquinas superinteligentes pueden también ser sociales, interactuando unas con otras»

Cuando los visionarios tecnológicos no saben muy bien las consecuencias de su última ocurrencia, le ponen un nombre inescrutable. Y así nos encontramos con el concepto de la singularidad, término acuñado por uno de los padres de la moderna ciencia de la computación, John von Neumann en los años 50 del siglo XX. Se trata de la explosión que causaría la creación de una máquina súper-inteligente con la capacidad de reinventarse y de aumentar sus propias capacidades, de una máquina que puede reescribir su propio software, haciéndolo cada vez más inteligente y poderoso. De esta manera, llegaríamos a un punto en el cual esa súperinteligencia superaría la capacidad y creatividad del cerebro humano.

No es sorprendente que tamaña predicción venga generando un gran debate entre los que la consideran plausible y los que apuntan que es muy improbable que en el futuro cercano se pueda construir tal máquina. Al fin y al cabo, la posibilidad de la singularidad proviene de la extrapolación de tendencias tales como el aumento exponencial del poder y la velocidad de computación o de la capacidad de almacenamiento electrónico de información a lo largo de las últimas décadas. Algunos expertos sitúan la singularidad en el mismo plano que las nanotecnologías y la ingeniería genética, que también pueden contribuir a cambiar el mundo de una manera radical, para bien o para mal.

Ya puestos a hacer previsiones sobre el futuro, nos encontramos con quienes postulan que nunca se llegará a la singularidad porque la civilización humana no sobrevivirá los pasos previos de avance tecnológico. Así, Martin Ford avisa que un paso previo a la singularidad sería la completa automatización de toda la producción de bienes y servicios en la economía, puesto que la tecnología necesaria para la robotización integral de la economía es menos sofisticada que la necesaria para alcanzar la singularidad. El desempleo y la dislocación social resultantes o bien provocarían el fin de la civilización o bien darían fuelle a un gran movimiento de oposición a los avances tecnológicos.

Otra crítica importante se centra en el concepto de inteligencia. Una cosa es capacidad de almacenamiento y de procesamiento de información y otra la creatividad, agencia e intencionalidad que todos asociamos con la inteligencia humana. Es decir, las máquinas seguirán avanzando en su capacidad de computación, pero a lo largo de una senda distinta a la que evolutivamente ha encumbrado a la especie humana a su posición actual en el mundo.

Desde mi punto de vista, el factor más decisivo será si las máquinas súperinteligentes pueden también ser sociales, interactuando unas con otras. No cabe duda de que los avances científicos y tecnológicos siempre han sido el resultado de la interacción social entre seres humanos. Una manifestación de este proceso social es la colaboración científica y técnica, sobre todo a la hora de solucionar problemas de gran envergadura. Personalmente, empezaré a creer más en una potencial singularidad si las computadoras desarrollaran la capacidad de tomar la iniciativa y colaborar unas con otras para resolver problemas, para plantear soluciones, y para afrontar las consecuencias de sus propias decisiones. Creo que ese futurible no se producirá en los próximos años ni quizás décadas.

Mauro F. Guillén es director del Lauder Institute y catedrático de Dirección Internacional de la Empresa en la Wharton School, así como miembro del Consejo Académico de Afi Escuela de Finanzas Aplicadas